El grifo suena como un lamento.
Sí.
El grifo está sollozando mientras el despertador ríe,
y consigue despertarme con esa risa, ¿o era un pitido?
Era la alarma, volvía a ser un día cualquiera.
La gente
solía detestar los lunes, personalmente detesto los domingos, son tediosos,
aburridos, y a no ser que tengas planes, suelen ser días en el que comienzas a
pensar y descubres que tu existencia es insignificante, tanto que si juntaras
el tiempo de subsistencia en 24 horas, tu vida no llegaría a ser una centésima
de segundo.
¿Y tú vas a cambiar el mundo así?
Pero no era
domingo, era un día cualquiera de la semana, con todo lo que aquello implicaba:
rutina.
El comenzar del día dependía en buena medida de cuanto
vibrara el móvil. ¿Qué por qué? Sencillo: si vibraba, era porque se habían
acordado, aunque fuera un poco, de mí. Y recibir unos buenos días de las
personas a las que quieres y están lejos, siempre te hace sonreír.
¡Maldita sociedad! Nos ha enseñado a depender
emocionalmente de los demás y ha hecho que nos cueste tanto sonreír por
nosotros mismos…
Aunque bien pensado, ¿una sonrisa indica
necesariamente que me encuentre bien? He llegado a sonreír delante de personas
a las que prefería no ver, y también lo he hecho mientras veía como personas
que eran importantes para mí, desaparecían, solo por el hecho de hacerles esa
partida más sencilla. Definitivamente la sonrisa no muestra cómo me encuentro y
el despertar no me sienta bien, me hace pensar demasiado.
Curioso, ¿no? Cuando pensamos en nuestros problemas y, en vez de alcanzar soluciones como se podría
suponer en seres racionales, solo conseguimos que nos engullan como arenas
movedizas… Y seguiremos creyéndonos la especie elegida.
Los tres pitidos de la radio me hacen despertar de
mi embelesamiento, ya no me da tiempo a desayunar.
Salgo corriendo hacia clase, llevo la radio en los
oídos pero no sé si serán las voces que me rodean o que hoy no soy un ser
pensado, sino que estoy siendo un ser pensante, y no me estoy enterando de nada
de lo que entra por mis oídos.
Las clases pasan sin pena ni gloria… otro día en la
que si me hubiera sentado solo al final del aula, o no hubiera acudido a clase,
no habrían cambiado mis interacciones. Me pregunto si será culpa mía, que soy
un asocial, o es la sociedad, que es anti-humanidad.
Voy al servicio en el intercambio de clase, y vuelvo
a escuchar.
El grifo suena como un lamento.
Vuelvo a clase y deseo que se pase rápidamente,
navego por Internet mientras cojo apuntes, parece mentira cómo un tema que me
interesa, puede hacerme desconectar de una forma tan descarada. Respeto tanto
la docencia y la función que ejercen, que siento lástima cuando una asignatura
por lo que sea sale mal o no llego a conectar con ella.
Vuelvo a casa, rápido, casi corriendo, no quiero
detenerme con nadie, quiero llegar a casa y soltar las cosas y comer y
olvidarme de la ciudad que me rodea.
En este momento las personas con las que quiero
estar, con las que querría estar tumbado en un parque o divagando sobre
cualquier tema o simplemente en silencio, están en la palma de mi mano o tras
la pantalla del ordenador.
Suelto el móvil. Respiro. Pienso.
¿Cuántas personas habrán pasado por mi vida que
creía imprescindibles y ya no están?
¿Cerveza, gaseosa o agua, con cual debería comer?
¿Cuántas personas marcarán tanto mi vida que incluso
las recuerde cuando no estén?
¿Si saco la cena ahora, dará tiempo a que se
descongele?
¿Soy el protagonista de mi propia historia, capaz de
tomar decisiones o hace tiempo que he perdido el guion y vivo improvisando?
Necesito ir al servicio otra vez, y vuelvo a
escuchar.
El grifo suena como un lamento.
Lástima que ahora no sea el grifo.
Mis ojos suenan como un grifo. El grifo suena como
un lamento.

Mentiría si te dijera que no he tenido que pensar lo que te voy a comentar. Quizás porque me haya sentido identificada.
ResponderEliminarNo olvides que eres el protagonista de tu historia y que no es malo vivir improvisando.
Un beso.
Aure.