domingo, 18 de octubre de 2015

Retrato de una revolucionaria

Su pelo, suelto, alborotado, rebelde como ella, que no se deja domesticar por peines ni por espumas, se queda al aire,
libre cada mecha, ondeando como banderas del Sáhara y Palestina el día de su emancipación.

El verde ya no es color esperanza. La esperanza se tiñó del color de sus ojos.
Su
mirada, otrora angustiada por el desencanto con el mundo, cristalizó en una mirada serena llena de luz, lucha y libertad. 

Su voz es grito. Su voz es calma. Su voz es dignidad.
Su voz, que calma miedos y tranquiliza angustias, hace volar la imaginación y alegra los oídos de quien la escucha entonar gritos de guerra.
Su voz que acelera mis latidos cuando pronuncia mi nombre…

Sus labios, que dictaminan su estado de ánimo y, al mismo tiempo, lo ocultan todo.
Que con una sonrisa o un gesto afligido hacen agitarse al mundo y, al morderlos,
puede esconder su nerviosismo y sus miedos o desencadenar la pasión más inesperada.
Sus labios, que erizan mi vello al notar sus caricias en mi piel…

Sus manos que encierran la esencia de la ternura, y hacen olvidar las penas…
Son manos de jornalera, de minera, de estudiante, de profesora, de guerrillera, de obrera.
Son manos de las que ir aferrado, caminando a por la revolución.

Sus piernas que hacen arcilla el suelo que pisan.
Son piernas del “ni un paso atrás”, del “no pasarán”.
Son piernas del “si nos tocan a una nos tocan a todas”.
Son dos columnas dóricas erigiendo el templo de su cuerpo de Atenea.

Su figura es la de una jornalera ocupando una tierra sin labrar.
La de la ocupada que lanza piedras contra el opresor.
La de la obrera que lanza 
cócteles molotov contra el patrón.

Ella huele a rabia. Lucha. Justicia. Aprendizaje. Pasión. Desenfreno. Locura. Rabia. Ella huele a todo eso.

Su aroma es “olor a huelga”. 







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